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La anatomía de los treinta y seis minutos de pánico 5:23 Lena: A ver, Jackson, vamos a meternos en ese momento exacto. Son las 2:32 de la tarde en Nueva York. Todo parece una caída normal por lo de Grecia, y de repente... el abismo. ¿Qué fue lo que realmente disparó el cronómetro del desastre?
5:40 Jackson: Hay un detalle fundamental que aparece en el informe conjunto de la SEC y la CFTC. A esa hora, una empresa de fondos mutuos llamada Waddell & Reed decidió vender 75.000 contratos de futuros E-mini. Era una barbaridad, unos 4.100 millones de dólares. Pero lo peor no fue la cantidad, sino cómo lo hicieron.
6:04 Lena: Espera, ¿no se supone que si vas a vender tanto lo haces con cuidado para no hundir el precio?
6:10 Jackson: Eso sería lo lógico, pero usaron un algoritmo que simplemente soltaba las órdenes basándose en el volumen del mercado, sin mirar el precio. Fue como soltar una presa de agua en un río que ya venía crecido. Y aquí es donde entra la parte de terror psicológico para las máquinas: los algoritmos de alta frecuencia, que suelen ser los que compran cuando alguien vende, vieron venir esa ola gigante y dijeron: "Yo de aquí me quito".
6:39 Lena: O sea, se secó la liquidez. Me imagino a los operadores humanos mirando las pantallas y viendo cómo los precios desaparecían, literalmente.
6:48 Jackson: Fue un vacío total. En esos 36 minutos pasó algo que parece un error de sistema: empresas gigantes como Accenture, que valían miles de millones, se llegaron a cotizar a un centavo. ¡A un centavo, Lena! Y otras, como Sotheby's, se dispararon a 100.000 dólares. Era el caos absoluto porque, al no haber compradores normales, las órdenes que quedaban en el libro eran "órdenes basura" o bromas que la gente deja puestas a precios absurdos.
7:16 Lena: No me digas, o sea que si tenías una orden de compra puesta a un centavo por si acaso, ¿te podías haber hecho dueño de una multinacional por el precio de un chicle?
7:25 Jackson: En teoría sí, aunque luego la mayoría de esas operaciones se cancelaron por ser "claramente erróneas". Pero fíjate en la tensión del momento: el Dow Jones cayó casi 1.000 puntos. La gente en el parqué de Nueva York estaba gritando, pensando que era el fin del sistema financiero tal como lo conocían. Y mientras tanto, en Londres, Navinder estaba ahí, viendo las mismas pantallas, metiendo sus órdenes de *spoofing* que hacían que los algoritmos se asustaran todavía más.
7:53 Lena: Es que eso es lo que me vuela la cabeza. Navinder no causó el crash él solo, pero sus órdenes falsas estaban ahí, creando una presión de venta artificial que convencía a los demás algoritmos de que el suelo se estaba rompiendo. Fue como si en medio de un grito de "fuego" en un teatro, alguien pusiera una grabación de explosiones por los altavoces.
8:15 Jackson: Qué buena analogía, tal cual. Los investigadores descubrieron que Navinder modificó o reemplazó sus órdenes unas 19.000 veces antes de cancelarlas. Era una actividad frenética. Lo que buscaba era que el precio bajara para él comprar barato y luego, cuando el mercado rebotara --que siempre rebota--, vender con una ganancia rápida. El problema es que ese día el rebote tardó más de lo esperado y el sistema casi se rompe.
8:44 Lena: Y lo más curioso es cómo terminó, ¿no? He leído que hubo un mecanismo de seguridad que salvó el día, algo que parece sacado de un videojuego.
8:54 Jackson: Sí, el famoso *stop-logic*. A las 2:45, la bolsa de Chicago paró las operaciones durante solo cinco segundos. Fíjate, cinco segundos que en el mundo del trading de alta frecuencia son una eternidad. Ese pequeño respiro permitió que los algoritmos se reiniciaran, que los humanos tomaran aire y que el libro de órdenes se volviera a llenar. Fue como apagar y encender el router cuando internet no funciona.
9:21 Lena: Increíble que un billón de dólares dependiera de una pausa de cinco segundos. Pero claro, después de eso, cuando el mercado rebota, Navinder se queda ahí con sus ganancias, ¿no? Mientras el resto del mundo está tratando de entender qué demonios acaba de pasar.
9:39 Jackson: Exacto. Mientras los reguladores en Washington se volvían locos buscando fallos técnicos o errores de dedo --la famosa teoría del "fat finger"--, Nav se iba a dormir habiendo ganado una fortuna desde su escritorio. Tardarían años en unir los puntos y darse cuenta de que las huellas dactilares de ese desastre llegaban hasta un suburbio londinense.